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¿Cómo redactar un discurso para otra persona?

Una de las cosas más difíciles en esta profesión de contar historias es hacer un discurso que va a pronunciar otra persona, por lo menos en mi caso. Recuerdo que una vez, después de entregar un discurso, un ejecutivo me preguntó cómo era posible que hubiera entrado en su cabeza y hubiera expresado exactamente lo que él quería decir. Me confesó que tenía las ideas, sabía perfectamente qué quería transmitir, pero que se bloqueaba ante la hoja en blanco.

Creo que ahí está buena parte de mi trabajo cuando escribo discursos para otras personas: no se trata de poner mis palabras en su boca, sino de encontrar las palabras que esa persona ya tiene en la suya y todavía no ha conseguido ordenar. Por eso, antes de escribir, pregunto. Mucho. Hay cuatro preguntas que casi siempre hago y que me ayudan a encontrar el hilo del discurso.

1. Si solo pudieras decir una cosa, ¿cuál sería?

Esta es mi primera pregunta porque obliga a priorizar. Normalmente, cuando alguien empieza a contarme lo que quiere incluir en un discurso, aparecen diez ideas, cinco mensajes importantes, varios agradecimientos, datos, anécdotas… Todo parece imprescindible. Entonces pregunto: si al terminar el acto el público solo pudiera recordar una frase o una idea, ¿cuál querrías que fuera? Esa respuesta se convierte en mi brújula, todo lo demás tiene que ayudar a construirla.

Un tip: Intento escribir esa idea central en una sola frase y tenerla visible mientras trabajo. Cada vez que incorporo algo al discurso, me pregunto: ¿esto refuerza la idea principal o simplemente ocupa espacio?

2. ¿Quién va a estar sentado delante de ti?

No me basta con saber que será “un público empresarial”, “los empleados” o “los invitados”. Quiero saber quiénes son realmente. ¿Qué relación tienen con la persona que habla? ¿Qué esperan escuchar? ¿Qué saben ya? ¿Hay algo que les preocupa? ¿Llegan ilusionados, cansados, escépticos, orgullosos?

Un discurso no se escribe solamente desde quien habla, se escribe también desde quien escucha. A veces incluso pregunto: ¿Hay alguien concreto entre el público en quien quieras pensar mientras hablas? Es un recurso muy útil. Cuando dejamos de imaginar una audiencia abstracta de 500 personas y empezamos a hablarle mentalmente a una persona concreta, el lenguaje suele volverse mucho más natural.

Un tip: Cuando vas a dar el discurso, si centras tu mirada en alguien del público que te transmita confianza, es mucho más fácil hacerlo.

3. ¿Cómo lo contarías si estuviéramos tomando un café?

Cuando alguien me dice “quiero que suene institucional”, “tiene que ser solemne” o “quiero un discurso muy corporativo”, intento llevarlo primero al terreno contrario. Le digo: olvida por un momento que es un discurso. Cuéntamelo a mí y entonces aparece la voz de verdad.

Surgen expresiones, recuerdos, ejemplos y maneras de explicar las cosas que probablemente nunca aparecerían frente a una hoja en blanco. Ahí es donde empiezo a escuchar: cómo construye las frases, qué palabras repite, dónde se emociona, qué cosas cuenta con entusiasmo, qué expresiones jamás utilizaría.

Porque para mí hay una regla fundamental, y es que un discurso puede estar muy bien escrito y, sin embargo, estar mal escrito para quien tiene que pronunciarlo. Si esa persona nunca diría esa frase en una conversación, probablemente tampoco debería decirla sobre un escenario y se va a sentir incómoda al hacerlo.

Un tip: Cuando tengas un borrador, pásalo y permite que quite y ponga, que opine, porque de esa manera siente que le pertenece.

4. ¿Qué quieres que sientan cuando termines?

No solo qué quieres que sepan, sino qué quieres que sientan. ¿Orgullo? ¿Confianza? ¿Esperanza? ¿Gratitud? ¿Ilusión? ¿Urgencia? ¿Pertenencia? La respuesta cambia completamente la manera de construir el discurso, porque puedo explicar que una empresa ha cumplido 50 años enumerando fechas, cifras y logros o puedo conseguir que quienes han formado parte de ella sientan que también están dentro de esos 50 años.

El contenido puede ser parecido, la experiencia de escucharlo, no. Y aquí hay otro recurso que utilizo mucho: pensar primero en el cierre. Antes incluso de tener todo el discurso escrito, intento saber cómo quiero que salga emocionalmente el público de la sala. Después construyo el camino para llegar hasta ahí.

Escribir discursos tiene bastante menos que ver con encontrar palabras grandilocuentes de lo que parece. Tiene que ver con escuchar, preguntar, ordenar, eliminar y volver a preguntar. Muchas veces la persona ya tiene el discurso dentro y solo necesita a alguien que le ayude a encontrarlo. Quizá por eso aquel ejecutivo sintió que había entrado en su cabeza, aunque yo creo que simplemente hice las preguntas correctas.

Un tip: Si la persona que va a dar el discurso es inaccesible, busca a su colaborador más cercano; muchas veces lo conocen tanto que el resultado es el mismo.

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