Nos ha pasado muchas veces que recibimos un proyecto editorial y la primera petición es que se vea moderno, atractivo, impactante… Cuando empezamos a revisar el material, nos preguntamos: “¿Qué quieren contar exactamente?”. Muchas veces la respuesta no está clara. Sin embargo, saben exactamente cómo quieren que se vea.
Hay un logotipo, colores definidos, buenas fotografías y muchas referencias de diseño, pero todavía desconocen cuál es el mensaje principal ni qué se espera conseguir con ese producto editorial. Y ahí comienza nuestro trabajo: buscar la narrativa que le da sentido a la historia.
El diseño muestra un contenido, pero no inventa la idea que falta ni ordena por sí solo una información que nadie ha jerarquizado. Lo vemos con frecuencia en memorias institucionales, presentaciones corporativas, páginas web y publicaciones para redes sociales. Todo puede verse muy bien y, aun así, dejar a quien lee pensando: “¿Qué me querían decir?”.
Nuestra recomendación
Antes de diseñar, es necesario delimitar tres cosas: ¿qué se quiere comunicar, a quién se le está diciendo y qué se espera que ocurra después?
Es necesario elegir qué información importa, cuál debe aparecer primero, qué dato sostiene el mensaje y qué podemos dejar fuera. Cuando ese trabajo previo está hecho, el diseño fluye de otra manera. Ya no se trata de llenar espacios ni de colocar imágenes bonitas. Cada elemento encuentra su lugar porque tiene una función.
Una buena fotografía refuerza lo que estamos contando. Un titular ayuda a entender la idea. La diagramación conduce la lectura. El diseño deja de ser decoración y se convierte en parte del mensaje. Contenido y diseño se construyen juntos.
Una pieza funciona cuando el público al que va dirigido la entiende, la recuerda y, evidentemente, cuando quien la produce logra el objetivo que buscaba.
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